Intro: Tres semanas de pausa, dudas a menos de dos meses de la carrera y un objetivo que parecía alejarse. Así fue el camino hacia mi mejor marca en maratón.
En 2023, cuando tomé la decisión de correr mis primeros 42 kilómetros, estaba llena de miedos. Pero Jean, como buen entrenador, siempre confió en mí; sabía que podía lograrlo. Yo estaba bastante nerviosa porque no soy considerada una corredora "rápida" dentro de este medio. Aun así, con esfuerzo y compromiso, aquí sigo tres años después, enamorada de las largas distancias.
¡Lima llegó para convertirse en mi sexta maratón!
Y aunque no soy de perseguir un récord personal en cada carrera, esta vez sí lo quería. Desde 2025, cuando corrí los 21 kilómetros en esta misma ruta, supe que algún día recorrería sus 42 kilómetros. Desde el inicio tenía en mente buscar mi mejor marca en maratón, aunque la vida tenía otros planes.
Entrené como siempre: comprometida y disciplinada. Sin embargo, después de una carrera de 10 kilómetros en San Andrés —donde, por cierto, fui muy feliz porque conseguí mi primer podio—, me dio una gripa muy fuerte que me obligó a detenerme durante varios días. Poco después recibí un diagnostico medico en el que necesitaria unos exámenes que requerían al menos ocho días más de reposo. En total, fueron tres semanas de intermitencia a menos de dos meses de la maratón.
Sabía que podía terminarla, pero ya no estaba tan segura de alcanzar ese récord tan anhelado y por el que había trabajado tanto. Aun así, Jean y yo nos sentamos a analizar el mejor escenario posible. Revisamos posibilidades, estrategias y ajustes.
Fueron siete semanas de compromiso absoluto: entrenamiento, fortalecimiento, alimentación y descanso, especialmente descanso. Incluso puse en pausa mis entrenamientos de natación para enfocarme exclusivamente en Lima, con la mente puesta en el objetivo.
Finalmente, llegó el gran día. Cuando vi el plan de carrera no pude evitar sonreír con nervios. Siempre me pasa. Cada vez que Jean me muestra una estrategia pienso que él cree más en mí de lo que yo misma creo. Era un plan ambicioso, pero posible, y me propuse dar lo mejor de mí para lograrlo.
Muchas personas creen que después de cinco maratones, en distintos lugares, con
diferentes climas, altimetrías y condiciones, los nervios desaparecen. Nada más alejado de la realidad. Antes de cada carrera la ansiedad y la emoción siguen ahí. Y eso es lo mejor, porque significa que aún nos importa, que seguimos vibrando y soñando con cada meta que queremos alcanzar.
Mi corral salía a las 5:45 a. m., pero a las 3:45 a. m. yo ya estaba despierta. Como toda buena corredora, había dejado preparados desde la noche anterior los geles, la ropa y todos los accesorios. El hotel donde me hospedé se lució: abrió la cocina desde las 3:00 a. m. para que los corredores pudiéramos desayunar antes de la salida. Así que llegué alimentada, tranquila y lista para correr. La entrada al corral no fue tan sencilla. Hubo algo de desorganización y terminé ubicada en un grupo que salía a las 5:40 a. m. Para mí fue una buena señal, porque no me gusta esperar demasiado dentro del corral.
Y así comenzó la carrera. Al inicio siempre es difícil mantener el ritmo planeado. La emoción colectiva suele empujarnos a correr más rápido de lo debido, y esos excesos normalmente se pagan al final. En mi caso, soy bastante disciplinada con los ritmos y me mantuve fiel al plan aunque al inicio muchos me pasaban. Si eso te pasa tambien a ti no te preocupes, mantén la calma probablemente a algunos de ellos los alcanzaras mas adelante en la carrera.
Los primeros 23 kilómetros fueron, como suele decirse, "cantando y silbando". Los disfruté muchísimo. Después del kilómetro 10 terminaba el ascenso y comenzaba un largo tramo de descenso, así que tuve que contenerme para no gastar las piernas antes de tiempo. Sabía que la parte realmente difícil llegaría en la segunda vuelta. Los 42K de Lima son un circuito de dos vueltas y siempre he dicho que la cabeza es más difícil de convencer que las piernas o el corazón.
Hasta el kilómetro 30 el recorrido volvía a tener un ascenso sostenido. Hacia el kilómetro 28 el cansancio empezó a sentirse en las piernas y al llegar al 30 comenzó nuevamente el descenso.
Hay algo que siempre me gusta compartir: cada vez que llego al kilómetro 30 me siento ganadora. Sonrío, miro al cielo y doy gracias a Dios. Muchas veces quienes corren a mi lado me miran raro, como pensando: "¡Pero todavía faltan 12 kilómetros!".
Y sí, faltan 12 kilómetros. Pero siempre digo que si llego al 30, terminaré la carrera, asi sea gateando jajajaja. Pase lo que pase. Salvo que ocurra algo realmente extraordinario, sé que voy a cruzar la meta. Por eso es un momento profundamente feliz para mí. Después del kilómetro 30 entendí que ya no podía acelerar más. A partir de ahí la misión era sostener el ritmo. Y así lo hice.
Sin embargo, como ocurre en toda maratón, hubo situaciones fuera de mi control. Después del kilómetro 33 nos quedamos sin hidratación debido a problemas de organización y, en el kilómetro 39, un calambre paralizó por completo mi pierna derecha. Seguí avanzando como pude. Ya solo quedaban tres kilómetros.
Afortunadamente, los limeños son increíblemente solidarios con los corredores. Un señor que ni siquiera hacía parte de la organización, sino que había salido a animar la carrera, me vio cojeando. Me llamó, me llevó un lado del recorrido, aplicó un spray muscular y me ayudó a liberar el calambre.
Estoy convencida de que ese señor se ganó el cielo ese día.
Gracias a su ayuda pude volver a correr y terminar la carrera.
Crucé la meta nuevamente con lágrimas en los ojos, una sonrisa de oreja a oreja y esa mezcla de emociones que es imposible describir con palabras y que solo quienes han corrido una maratón pueden entender.
¿Y entonces? ¿Hubo récord personal? ¡Sí!
Ocho minutos menos que mi mejor marca anterior. La felicidad no me cabía en el pecho.
Eso es lo maravilloso de este deporte: la oportunidad constante de superar nuestros propios límites y descubrir todo lo que nuestro cuerpo es capaz de hacer cuando lo cuidamos, lo entrenamos y lo respetamos.
Ahora estoy en etapa de recuperación, disfrutando unas semanas de descanso bien
merecidas. El calambre pasó factura y terminé con molestias que iban desde la zona lumbar hasta la pierna derecha. Pero también eso hace parte del proceso.
Ahora es momento de recuperarme con paciencia, cuidarme con amor y prepararme para comenzar, muy pronto, el camino hacia un nuevo sueño.
Angela Jerez.
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